Tras un intenso viernes la jornada del sábado en el Día de la Música comenzaba con mi sombrero de Indiana Jones, la mochila, el látigo e intentar ir en la búsqueda del supuesto mercadillo que pensábamos que había. Pues bien tras minutos al sol, ya que el sábado subieron las temperaturas, y pensar que la insolación acabaría con mi cruel existencia llegué a la conclusión que no había mercadillo. Esto es un megafail en toda regla.
En el interior del festival la tarde comenzaba con la primera, de las muchas sorpresas, que me esperaban. Casi por azar y mirando los nombres que aparecían en el programa de mano señalamos a James Vincent McMorrow. En buena hora lo hicimos. Fue sentarnos en el suelo y quedarme hipnotizado. Venía sólo él con su guitarra, que alternaba con el piano, su voz, su fuerza en el escenario, la manera que transmitía cada palabra que iba diciendo no podía hacer más que dejarte con la boca medio abierta y sin ganas de moverte del lugar. Un cantante para momentos más íntimos, cercanos, reducidos.
