Aquel viernes salí solo, como hacía en ocasiones, pero esta vez salía a darlo todo, a beberme la ciudad. Me perdí por bares desconocidos donde nadie pudiera reconocerme. Simplemente iría a la barra, cogería una cerveza y bebería, una vez, otra vez y mil veces más. Quizás era un modo de autodestrucción más, pero en el fondo siempre había sido un experto en ello.
Tras varios bares, mi borrachera ya iba a un nivel importante, acabé en aquella sala, que siempre he pensado que era un puticlub, bailando en un lateral de la pista. Entonces quizás saltó un chip en mi cabeza... todo pareció ralentizarse, y lo vi claro: aquella autodestrucción que a veces provocaba mi cerebro me estaba salvando, sin querer, me estaba salvando. Una protección de la mente ante algo seguramente peor que podría pasar por ella
Salí a la calle me paré frente a un cristal donde alguien acababa de hacer una pintada "Sigue adelante, hay algo" y un corazón. Un chico junto a mi hacía una foto a la pintada y me dijo "Habrá que hacerle caso". Mandé un mensaje, recibí respuesta. Caí rendido en la cama.
