La sensación de estar a solas fue reconfortante unos días, puso la cabeza en orden y me permitió ver las cosas con una mayor objetividad, ahora bien eso no significaba que fuera a poner buenas caras a todo el mundo, ni mucho menos. Me convertí en alguien más exigente y, sobre todo, menos atormentado y echando cargas a la espalda.
Haría lo que siempre había querido hacer, sin tener porque preguntarme que pensarían los demás, aunque en realidad nunca me había importado, y quizás esa independencia en hacer lo que me diera la gana, o en mi forma de ser era lo que me había convertido en quien era. Seguía el calor, llegaba el buen tiempo y el pasar el tiempo escribiendo en la playa mientras barcos a la lejanía indicaban un nuevo destino.
