Este viernes se iba a convertir en una celebración. Porque sí. Por el hecho de celebrar. Una vez leí que había que celebrar de todo... así que celebré que lo nuestro había acabado, al menos esa etapa en la que me duchaba contigo y abrazaba tu cuerpo desnudo. Pero lo celebré contigo, claro, seguíamos con esa conexión que habíamos creado. Esa unión que pocas veces sucede.
Corrió la cerveza por la buhardilla, con nuestros amigos, entre ellos mi amigo del alma, mientras sonaban temazos en el ordenador que la gente pinchaba como si todos fuéramos DJs profesionales. De la cerveza pasamos a las copas, la Polaroid que había comprado sirvió para dejar reflejado todos esos momentos. Salimos hasta las mil por ese lugar que nos encantaba a todos, aunque fuera casi de tamaño del lugar que albergaba grandes temazos. Allí te vi en un momento de la noche con otro, en ese momento, quizás, se me rompió un poco el corazón.
A la mañana siguiente, recién despertado sonó el móvil: Ese trabajo que parecía perdido tras semanas sin saber de la entrevista, me habían llamado. Y si, tú acabaste durmiendo en mi cama con tu misma cara de pillo, junto a mi mejor amigo, abrazados de la resaca que llevabais encima. Os hice la última foto de la Polaroid. Una pequeña lágrima, quizás de una futura nostalgia, me llegó. Pero no serás nunca un recuerdo sino una realidad.
