Hubo una temporada en el que un grupo de hombres, maricas, nos juntamos a hablar de sentimientos. Lo hicimos por medio de un blog comunal llamado: Hombres Encontrados (2014-2017) que llevaba por subtítulo "Al unirse, encontraron su lugar". Lo creamos entre Alex Pler y un servidor, que nos conocimos en la época que los blogs todavía estaban en alza, y reclutamos a Eduard Mairal, mi diseñador gráfico de cabecera, para la identidad visual y a unos cuantos tripulantes más para participar con nosotros en esta aventura que se desarrollaba en un lugar imaginario como la nave espacial Lucky Star en homenaje a Madonna.
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| La tripulación original de la Lucky Star en 2014 |
Los tripulantes que nos acompañaron fueron Xurgell, Curro Malo, Jorbasbo, Lucasfh1976, Karmides, John Gilbert y Sergio Sancor, también uno de ellos fue Proudstar que abandonó la nave en algún momento de su viaje. Podéis leer todos sus textos pinchando en el nombre de cada uno.
Además de tener estrellas invitadas de amigos que, de vez en cuando, se dejaban caer para dejarnos sus textos, por lo que tuvimos sesiones de música de Iñaki Izaola, [Hizo una sesión Dj llamada Temas Encontrados] reflexiones del El Hombre Confuso, Eduardo Bello, Aitor Villafranca, Carlos Rubio, Luis Edoardo Torres, Abuga, y algunos seguidores del blog que nos mandaban sus textos por mails. Podéis leer todos siguiendo este enlace. A continuación os dejo el primero de los textos, uno comunal, que escribimos para introducir el blog:
18 de agosto de 2014 / Crónicas desde la Ingravidez nª 001
Nadie había pisado aquel lugar desde hacía tiempo. En los botones de la mesa de control se acumulaba el polvo tras tantos años sin dedos que los acariciaran. Las butacas tenían telarañas y las compuertas estaban demasiado cansadas como para abrirse sin motivo. El silencio se había adueñado de cada rincón, vaciándolo de cualquier emoción que perturbase la calma.
En realidad, más que abandonado, aquel lugar parecía a la espera. Quieto por la falta de costumbre. Había que fijarse mucho para detectar un resplandor que lo recubría todo de una tenue esperanza. Porque a pesar de todo, los pasillos y estancias no habían perdido la esperanza de que alguien volviera a pasear por ellos.
Y entonces, sin previo aviso, una pantalla parpadeó en la sala principal. Algo se había activado en las profundidades de la nave. Un latido. Un latido que ganaba velocidad y ritmo. Tras vagar por todo el espacio, la nave Lucky Star acababa de encontrar vida.
He decidido recoger los textos que fui creando para dejarlos todos aquí, con enlaces al blog original, una forma de dejarlo todo junto, no perderlo y tenerlo localizado en este espacio. También los tenéis todos en el blog original por si queréis ir leyendo poco a poco. Va en cuatro entradas, una por cada año. Aquí están los de 2014
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3 de septiembre de 2014 / Contemplaré la Tierra sin rencor
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| Fotografía: Centro Comercial de Madrid Escuchando: Si tú te vas (magnífica desolación), La Habitación Roja |
Desde las alturas, a no sé cuantos miles de kilómetros del Planeta Tierra, todo se ve mucho más claro, más definido, como si una extraña tranquilidad invadiera el cuerpo. Desde mi cubículo mirando a la lejanía. Una mano sobre el cristal… era cierto, había sobrevivido.
Observo el espacio exterior, es enorme, mastodóntico. Me doy cuenta de lo pequeños que somos, pero a la vez toda la intensidad que llevamos en nuestro interior. Estoy acompañado por seis personas más. Parecen viejos conocidos, pero no consigo ubicarlos del todo en mi mente. Me vienen pensamientos, recuerdos, caras, pero todo está borroso, ¿Cuál es la frontera entre la realidad y la ficción?
Entre todo el equipaje tengo unos cuadernos de archivos de sentimientos. He decidido que voy a abrirlos. Empezar a seleccionar páginas. El resultado es incierto, como un viaje al interior de la ‘Dimensión Desconocida’. Los cuadernos están llenos de letras, frases, pensamientos propios, ajenos, algunos dibujos. Espero sacar algo en claro de todo ello dentro de este inquietante silencio, únicamente acompañado por una melodía que parece salida de los conductos del aire.
Se me erizan los pelos, detecto sensibilidad por todos lados, un aroma a abrazos, y una especie de constante hilo musical que suena a lo lejos en los conductos de la nave. Este es el comienzo de un excitante viaje lleno de estímulos, un honor ser parte de esta tripulación. Salí al pasillo donde se encontraba el resto de miembros «Amigos, creo que ya no estamos en Kansas, ni falta que hace», salió de mi boca con media sonrisa.
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10 de septiembre de 2014 / I hear your heart beat next to me
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| Fotografía: Cajero automático customizado Escuchando: Heart, Pet Shop Boys |
«Corre. Rápido. Lo hemos encontrado». Me acababan de avisar. Era el capitán de la brigada y, por fin, habíamos logrado el objetivo. Me metí de lleno en las cloacas de la ciudad. Corrí por sus pasillos, casi como un gran laberinto escondido, hasta que me encontré con él. Estaba en una esquina, refugiado, temblando sin saber que era lo que pasaba. Por fin lo habíamos localizado: ahí estaba el corazón de Álvaro, había huido de su dueño.
Era el encargado de regresar estos corazones perdidos, que habían escapado por no poder soportar la convivencia, a sus dueños. Esa misma noche, corazón en mano, me presenté en la casa de Álvaro. Con cara seria llamé al timbre. Su dueño abrió con cara de pocos amigos. Casi al verme, tras hacerle la formación militar con la mano en la frente, y sin apenas expresión, cerró la puerta. Regresaba al cuartel casa sin éxito. Quisé dejar el corazón en la sala habilitada para ello, pero miré al corazón y la pena me llenó por dentro. Decidí que era mejor llevármelo a casa. La primera noche el corazón se quedó en una esquina del comedor, seguía con miedo y tristeza. A la mañana siguiente regresé a la casa de Álvaro. Éste volvió a mostrarme una indiferencia absoluta ante el corazón y hacía mí. No podía creer lo que estaba viendo, ¡nadie me había rechazado su corazón!
No sabía cómo conseguir que se quedara con su corazón. Regresé de nuevo a mi casa con él, pero esta vez el corazón decidió acercarse, cual gato, a la cama donde dormía. Se quedó junto a mí y, al menos, se sentía más protegido. La relación con el corazón fue cada vez más estrecha. A cada día que pasaba había mayor conexión entre nosotros, creando una conexión muy especial.
A medida que esa relación cambiaba, las visitas a casa de Álvaro, aunque seguían con el cierre de la puerta en mis narices, ya no lo hacían de la misma forma. Tras varias semanas volví a hacer la visita de rigor como cada pocos días, pero algo ya había cambiado. Llamé a la puerta. Álvaro abrió, iba elegante, guapo, casi podríamos decir que se había vestido para ese momento que sabía que iba a llegar. A su vestimenta le acompañaba una amplia sonrisa. Parecía como si este Álvaro no fuera el mismo que hacía unas semanas. Me invitó a pasar a su casa.
El corazón se fusionó con su dueño, como si hubiera caído un rayo en ese mismo instante. Algo mágico, único, y maravilloso. Ahora era cuando, en realidad, habíamos rescatado su corazón.
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17 de septiembre de 2024 / Sigue el camino de baldosas amarillas
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| Fotografía: Suelo en el pasillo bajo la Plaza de los Cubos Escuchando: Nada como el hogar, Pauline en la Playa |
Un recorrido. Un conjunto de baldosas amarillas donde ir saltando de una a otra. Recuerda como era aquello que decían en El Mago de Oz. Suena esa canción que siempre te transporta. Respiras hondo. Pisas la primera baldosa amarilla que te encuentras. Un pie en alto tratando de mantener el equilibrio para poder saltar a la siguiente. Tambaleas y uno de los pies sale a una baldosa gris. El otro permanece en su lugar tambaleante. Miras a la lejanía. No puedes desfallecer. Debes seguir ese camino.
Te tomas un momento de relax. Dejas los dos pies dentro de una baldosa amarilla. Ahora el proceso se ha vuelto rítmico. Das pequeños saltos como si fuera una coreografía en aquellos juegos infantiles que había que ir saltando en determinados números. Vas disfrutando de los movimientos, sin tenerle miedo. Vuelves a ser pequeño.
Se acerca el final del camino. ¿Debo quedarme en la última baldosa amarilla? No hay más delante de mí, simplemente un camino multicolor sin amarillo.¿Debería regresar hacía atrás? Me dijeron que la felicidad sólo llegaba hasta aquí. Si doy un salto más estaré fuera. Miro hacía arriba: ¿Quién dijo que la felicidad está en un solo camino? Salto a una baldosa roja, una azul… Ya no hay vuelta atrás.
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24 de septiembre de 2014 / Did you ever know that you’re my hero
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| Fotografía: Arte urbano en un lugar de Malasaña Escuchando: Wind Beneath My Wings, Bette Midler |
Huíamos de aquel ejército que había comenzado a atacar la ciudad. Rodeados por ellos, algunos conseguimos escapar del caos. Por aquel extenso bosque a través evitábamos echar la mirada atrás, pero en las pocas ocasiones que lo hicimos no podíamos reprimir cierta tristeza reflejada en nuestras miradas húmedas.
A medida que íbamos adentrando en el lugar, el sonido de las explosiones quedaba más lejano. La extrañeza ante el paisaje que nos encontrábamos iba en aumento. Seguramente como códigos para otros grupos de supervivientes, pozos repintados, árboles con jeroglíficos, algunas almas errantes sin saber donde dirigir su mirada… ni sus pasos. Familias armadas que desde sus refugios miraban con desconfianza a cualquiera que pasara cerca de donde estaban alojados.
Javier y yo hacíamos que no teníamos miedo, pero era completamente mentira. Estábamos temblando, de frío, nervios y hambre. Se acercaba la noche y decidimos montar un campamento en un lugar apartado. Abrazados los dos, con intensidad, con una muestra de afecto y un sentimiento extraño en el cuerpo. Tan extraño que, sin saber como, empezaron nuestras manos a explorar partes del cuerpo del otro que nunca habían palpado con tanto afán.
Las ropas se fueron, el frío se desvaneció, los besos, las lenguas, sus rabos, todos se entrelazaron como dos jóvenes amantes una noche de verano tórrida en la playa. Parecía como si aquel fuera a ser su último polvo, y se entregaron al deseo de todo aquello que no habían hecho hasta el momento.
A la mañana siguiente despertaron juntos, abrazados. Sin darse cuenta, o quizás sabiéndolo, que el cerco estaba cada vez más cerca. Gritos de dolor, familias enteras siendo masacradas. Y ellos, allí, con la sensación de esperar el final. Javier sacó dos pistolas de la mochila que había robado a dos policías moribundos en su barrio. Con lágrimas en los ojos me dio una.
Ya sabíamos lo que teníamos que hacer. Nos miramos fijamente. Disparamos. No fue un disparo de odio: esto era amor verdadero, sólo alguien que de verdad me quería podría hacerlo.
Lo he entendido justo cuando estoy desangrándome en el suelo. He conocido el amor en el último segundo de mi vida, pero lo he sido afortunado al sentirlo.
Siempre serás mi héroe.
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1 de octubre de 2014 / Abrázame, y no me digas nada
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| Fotografía: Arte urbano en Madrid Escuchando: Abrázame, Iván Ferreiro |
Fran no se sentía querido por nadie en su vida desde que era pequeño. No había conseguido integrarse en su círculo cercano en el colegio, ni en el instituto, la universidad y, ni siquiera, en el trabajo, porque, eso sí, tenía un cerebro prodigioso y sabía equilibrar sus carencias con sus virtudes.
Iba todos los días en el metro a trabajar y tenía una peculiar costumbre. Era algo, quizás, apenas imperceptible por parte del resto del mundo, pero él tenía un sentido tan desarrollado que conseguía algo sorprendente: Se acercaba a los viajeros, y de forma muy leve, les acariciaba. Era un roce apenas perceptible, como si sin querer al andar por dentro del vagón rozaras a otra persona. Para él cada momento que se tocaba con otra persona podría equipararse a un abrazo intenso en algún otro individuo.
Lo hacía en cada trayecto y era uno de los momentos más placenteros del día. Nadie se daba cuenta de lo que pasaba, el que más pensaba que era un empujón sin querer. Por eso aquel día cuando rozó a aquella chica, fue diferente: Ella se giró, se dió cuenta, sintió ese cariño que había en la caricia y le abrazó lo más fuerte que pudo.
Él se quedó extrañado ante la reacción. No sabía bien como procesarlo así que decidió abrazarla también. Se sintió a gusto entre sus brazos que aquel minuto que duró fue para él como una preciosa eternidad.
En ese día Fran acababa de dejar atrás una vida de soledad. Sólo necesitó un abrazo sincero para superar aquellos miedos desde pequeño. Y ella, la chica de la que nunca supo el nombre ni porque le abrazó, nunca sabría lo que había significado aquel abrazo para él.
A veces nuestros actos pueden, sin nosotros saberlo, cambiar las vidas de otras personas.
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8 de octubre de 2014 / ...then into the clouds
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| Fotografía: Skyline de PortAventura en 2014 Escuchando: Into the Clouds, The Sound of Arrows |
La semana pasada, contra todo pronóstico, probaba una montaña rusa a la que nunca había subido hasta entonces. Esperando, dentro de una especie de pagoda, me dio por pensar que en realidad ese primer viaje que iba a hacer es bastante parecido al concepto de lo que es la vida en si misma.
Mientras llega tu turno para subir te sientes como estuvieras en el útero. Relativamente tranquilo. A medida te acercas a la estación notas que algo está sucediendo. Un nerviosismo como el de antes de nacer, salir a la vida. Igual que cuando subes en el vagón. Ya estás fuera y no sabes lo que te espera. Te agarran fuerte, como unos padres cuidan a su hijo. Y arranca camino a lo desconocido. Comienza una subida. Todos los inicios son así, cuesta arriba. Enseguida llegan los momentos vertiginosos: si has sido arriesgado estarás al comienzo o final del tren… y en esos momentos la caída es una extraña mezcla de sensaciones, como cuando decides entregarte a lo que realmente quieres, darlo todo.
Levantas los brazos lo más alto que puedes. Dejas que el viento te recorra todo el cuerpo, incluso te levante la camiseta sin darte cuenta. Entonces de repente te ves subiendo y bajando a toda velocidad. Igual que los buenos, y los malos, momentos de la vida. Si eres optimista disfrutarás las subidas, y tendrás que saber llevar las bajadas.
De repente una nueva sorpresa, el tren pasa junto al agua que salpica a todos. Un nuevo giro de guión para volver a subir, bajar y disfrutar. Como ese día que llueve en la calle y sales a bailar bajo ella. Felicidad.
Lo bueno de las montañas rusas, y de la vida, es que podemos disfrutarlas con quien queremos, porque siempre tienes que buscar a las personas con las que compartir lo que te va a suceder en este viaje. Como dijo mi compañero en esta travesía sobre la atracción: «Es como viajar entre las nubes», y no puedo estar más de acuerdo. Mientras tanto en mi cabeza sonaba como banda sonora Into the Clouds de The Sound of Arrows.
Como un minuto de montaña rusa puede explicar la vida
¿Repetimos?
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15 de octubre de 2014 / «So let’s dance through all our fears…»
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| Fotografía: Kylie Minogue actuando en el Palacio de los Deportes de Madrid Escuchando: Your disco needs you, Kylie Minogue |
Es la hora en punto. Ella siempre ha sido así. Se apagan las luces. Comienza a sonar la banda. Salen las proyecciones en la pantalla gigante. El equipo de baile aparece como de la nada, casi de repente. Todo cobra sentido.
Durante dos horas la música te inunda como si transpirara por cada poro de tu piel. Das dobles palmadas, cantas, mueves las caderas, los pies y, los más atrevidos, imitan algunas de sus coreografías. El bombo resuena, el suelo casi puede temblar, y el ritmo se instala en tus pies.
Mientras viajamos por diversas épocas musicales, llega el momento que ella canta «So let’s dance through all our fears, War is over for a bit…» Y alguien alza la mano como queriendo agarrarse a esas palabras con fuerza, como si fueran un mantra que salvará su vida. Sigues bailando en una de las canciones que todos cogen con más ganas.
El optimismo se transmite a toda velocidad. Abrazos por doquier. Amigos que se encuentran. Llega el momento del confeti mientras en las pantallas la palabra AMOR aparece en diferentes idiomas, y algunos, aunque después lo nieguen, derraman más de una lágrima en este preciso instante.
Se encienden la luz, ¿Se acabó la magia? No. Todos salimos cantando, bailando. Al final todo el mundo sonríe tanto como ella. En estos 120 minutos hemos disfrutado con tanto optimismo como en pocas ocasiones sucede. Gracias Kylie.
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22 de octubre de 2014 / Cuerpo Transparente
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| Fotografía: Puerta con arte urbano en Lavapiés Escuchando: Cuerpo Transparente, Pastora |
«No hace falta que me esconda más.
No tengo carisma.
No hace que me oculte más.
Pierdo los papeles en estado efervescente»
No era más que otro día, uno cualquiera. Él no lo sabía pero llevaba años con una especie de arquero invisible que le acompañaba. Siempre había tenido una extraña sensación. Aquel arquero había lanzado en su primer encuentro una flecha, pero ésta no se regía por las reglas de a Tierra, lo hacía en su propio espacio tiempo y sólo avanzaba, a una velocidad milimétrica, cada vez que Antonio sufría un golpe en el corazón.
No era algo literal pero cada pequeño golpe a sus sentimientos conseguía que esa flecha avanzara un poco. Lentamente. Aquella mañana en el metro recibió un mensaje y, enmedio de toda la gente, se vino abajo. Aquella flecha se le había clavado en el corazón, de golpe. Un pequeño hilo de sangre apareció por su boca. Algo silencioso que había ido acumulando, finalmente había explotado.
La flecha se quedó clavada. Nadie se daba cuenta, sólo él, un cuerpo transparente. Únicamente una figura pasó por delante y le miró, alguien de un pasado más lejano. Alguien que nunca supo que fue, como si la vida quisiera reírse de él. Ese chico siguió andando. Se sentía como si fuera un medio, pero no un final, una especie de persona que estaba de paso. Algunos pensaban que no tenía sentimientos, craso error, muchas veces lloraba en soledad. Llegó a casa. Arrasó con la mesa, rompió fotos y escribió pequeña nota.
«Si soy transparente y desaparezco, nadie se va a dar cuenta»
Pasado el tiempo encontraría la nota en algún libro, la guardaría en un cajón. Ni restos de la flecha, ni del arquero. De repente un abrazo por la espalda tapando la cicatriz…
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29 de octubre de 2014 / ‘Relatos Salvajes’: Instintos naturales
Salir del cine con una media sonrisa cómplice y, además, haber tenido la sensación de haber disfrutado cual niño pequeño con un caramelo es lo que me ha dejado ‘Relatos Salvajes’. jugando con algo interesantes, perverso, animal y, como su nombre indica, salvaje.
Dirigida por Damián Szifron, nos propone seis historias autoconclusivas donde sus protagonistas, interpretados por un puñado de buenos actores argentinos (Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia o Darío Grandinetti, entre los más conocidos), se ven envueltos en una serie de situaciones donde, observaremos, que se van a dejar llevar por sus instintos más profundos. Situados ante tensión, acumulación de problemas o un shock veremos cual es su forma de reaccionar. Cada acción lleva a una consecuencia, pero estas pueden ser imprevisibles…
Los sentimientos van en varias direcciones, muchas veces el amor puede esconder odio, el querer a alguien puede provocar querer matar a otra persona, la venganza, el dolor, la tristeza, la frustración, el fracaso, el rencor… Los más felices pueden darnos un giro de la vida donde el optimismo se extienda a toda rapidez, pero todos los negativos pueden provocar el efecto contrario y una serie de comportamientos alterados que quizás no conocíamos.
Dentro de la comedia negra que es ‘Relatos Salvajes’, y las risas que provoca, se esconde el reflejo de la parte oscura que hay dentro de todas las personas. Quizás en ese punto es donde el público ríe nervioso y piensa «Y si yo estuviera en la misma situación…». Pero deja de pensar, no sea que la respuesta provoque en él una reacción que le sorprendería, o ¿Quizás no?
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5 de noviembre de 2014 / Y encima querrás que cantemos en la Iglesia y en la fiesta
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| Fotografía: Creo que estaba en casa de alguien Escuchando: La Boda, Astrud |
Era el gran día. Parecía que nunca iba a llegar, pero así era. Edu y Carlos habían decidido casarse después de muchos años de relación. Todos sus amigos pensamos que no era necesario que montaran toda la boda, sabiendo lo costoso que es, con que nos invitaran a unas cañas teníamos más que suficiente. Ellos se empeñaron en la idea, y quienes éramos nosotros para quitarles esa ilusión por compartir su unión.
Allí estábamos, sus amigos, familiares, y algún que otro conocido que tenían en común. Todo comenzó como viene siendo habitual, aunque el lugar no lo era: una especie de nave industrial decorado por unas vidrieras que representaban algunas de las escenas más míticas de videoclips contemporáneos, en un espacio que representaba una Iglesia postmoderna pero sin ningún tipo de cruz o de elemento religioso. Ya lo habían avisado en las invitaciones: «Esta va a ser la boda que vais a recordar de por mi vida ¡más incluso que la vuestra!»
Todos nos sentamos en los lugares asignados. Al otro lado del pasillo había un chico rapado, con barba y unos ojos oscuros de los que transmiten. Me lo habían presentado en la despedida de soltero de Edu, «Es un chico interesante» me dijo, y habíamos hecho muy buenas migas. Nos echamos algunas miradas y guiños divertidos desde que nos vimos.
De repente empezó a sonar la música, un DJ estaba en una especie de altillo y había lanzado una canción. Cuando menos nos lo esperábamos, un portazo y un grupo de amigos entraron en una casi perfecta sincronía al ritmo de esa canción que tanto les gustaba a los dos. Nos prometieron un espectáculo, y eso es lo que pensaban dar. Los novios no saldrían hasta que hubieran pasado varias canciones. Mientras aquel chico y yo nos seguíamos mirando hasta con cara de nervíos…
…hasta que nos levantamos de nuestros asientos, nos juntamos en el pasillo… y sucedió… nos unimos al siguiente número musical. Habíamos estado ensayando durante un mes para nuestro gran momento de gloria. Quizás no saldría perfecto, algunos pasos se nos irían, pero sólo sé que las caras de felicidad de Edu y Carlos eran brutales.
No sólo eran ellos, las familias y amigos se les veía en un estado de felicidad grupal que pocas veces se consigue encontrar. Números musicales, actuaciones de grupos que nadie sabíamos que estarían o un peculiar maestro de ceremonias. Creo que a todos lograron sorprendernos, casi de una forma única. Era su boda pero querían hacernos felices a nosotros.
Aquel chico y yo seguimos charlando toda la noche, no sé como fue, simplemente me sentí a gusto en ese punto de haber hecho una piña con un desconocido hasta hace unos días. Mil selfies, confidencias y unos tontos planes de futuro que sabríamos los dos que quizás no se cumplirían.
El final fue apoteósico, divertido e inolvidable. En ese instante todo parecía pasar a cámara lenta, como si quisiéramos recordar cada instante en el futuro. Un último mensaje en forma de regalo de los novios: «Cada persona es especial. No pierdes la oportunidad»
Él y yo nos fuimos de la mano, y ahora vemos amanecer. No hay más allá de aquel paisaje.
*Nota de Fernando: Espero que mi boda sea algo tan inolvidable como ésta. Avisados quedan todos los futuros invitados.
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12 de noviembre de 2014 / Elephant Love Medley
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| Escuchando: Elephant Love Medley, Moulin Rouge Soundtrack |
Fue una noche de diciembre, la de mi cumpleaños, como si fuera un regalo premeditado pero sin haberlo sido conscientemente. Una pura coincidencia reencontrarnos en aquella ciudad, ni tuya ni mía, pero que era conocida por ambos.
Después de tomar algo en aquel bar que tanto te gustaba, rodeado de columnas griegas, me confesaste que estabas deseando que alguna de esas noches acabáramos en la misma habitación. Me cogiste de la mano para ir a toda velocidad, yo sólo podía pensar «Pero, ¿esto está pasando?» con una sonrisa de felicidad, nerviosismo e incredulidad.
Llegamos a tu hotel, situado en lo más alto de la ciudad. Estabas alojado en uno de los últimos pisos. El ascensor, transparente, y situado en el exterior nos permitía ver como la ciudad dormía, sin descubrirnos los pequeños secretos que ocultaban algunas de esas ventanas en las tinieblas. Tus manos se entrelazaban de forma sigilosa, casi inocente, por mi cintura.
Desde tu habitación las vistas de la ciudad eran de película. Todo iluminado, en silencio… En el reflejo del cristal te observé mientras te desnudabas, nunca te había visto así, sólo de algunas visitas a la playa. Tenía la curiosidad por descubrir tu desnudo integral, aunque lo que realmente me apetecía era compartir contigo una cama, desnudarnos, y simplemente dejarnos llevar.
Eso sólo fue el principio. Te acercaste a mí con mis nervios, como si fuera la primera vez, tus piernas y el cuerpo moreno que siempre lucías se iba entrelazando con el mío. Un abrazo de los que quedan fijados en la piel, como la marca del cinturón de seguridad tras un frenazo en el coche a 200 por hora.
Tus brazos, espalda fuertes, de los que te gusta agarrar, hablando sobre de todo un poco y escuchando de fondo uno de esos temas cautivadores de Delafé y las Flores Azules. Sabía que este era un momento irrepetible, disfruté de cada momento a su lado, de las sonrisas, jugar con su cuerpo, verle reír con cada chorrada que decíamos… quizás esas dos copas que nos habíamos tomado antes habían ayudado, decidimos tomar una más y brindar por la noche.
Nuestros ojos no paraban de seguirse, mientras yo disfrutaba comiendo todo tu cuerpo como postre a ese estupendo día. No podía parar de quitarte la mirada, quería que esa conexión quedara bien grabada en tu mente, porque yo pensaba hacerlo en la mía.
A la mañana siguiente nos duchamos juntos, y seguías sonriendo, lo que pasó no había sido consecuencia del alcohol de la noche anterior, realmente te había apetecido. Seguía queriendo abrazarte a cada segundo. Nuestros caminos se separaban esa misma mañana, tu regresabas a tu ciudad y yo a la mía. La despedida fue tan intensa que por un momento sentí que estaba leyendo tus pensamientos.
Todo fue anunciado, sin tener que decirlo, como una ‘One night only’ en los conciertos, pero que jodidamente buena única noche. Desapareciste pero aún te recuerdo desnudo cantándome ‘Por tu tripa’ al oído con una sonrisa de niño travieso cautivadora. Así eres tú. Allá donde te haya llevado la vida espero que te vaya bien, de vez en cuando vienes a mi mente y esbozo una media sonrisa a la cual no quiero poner subtítulos porque no sé que se podrían leer en ellos.
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19 de noviembre de 2014 / Con las ganas
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| Fotografía: Concierto de Zahara en Joy Eslava Escuchando: Con las ganas, Zahara |
Llega ese momento esperado del concierto. Vuelve a cantar ‘Con las ganas’, un tema que se prohibió tocar durante mucho tiempo porque sufría con ella…
Todo el público mirábamos. Atentos. Emocionados antes de que sonaran las primeras notas de la canción. Ella sola con su guitarra ante un público en un silencio como perfecto acompañamiento a la intimidad que parece suplicar el tema.
De repente la mirábamos todos atentamente. La sala estaba abarrotada, pero las formas de esas personas que abarrotan la sala desaparecen. Sólo queda la oscuridad, un Z gigante luminosa y Zahara. Ella se acerca flotando desde el escenario. Situada a tu lado y te canta al oído, emocionada.
Ella transmite tanto. No eres capaz de mirarla en profundidad, simplemente te encuentras hipnotizado por todo ese dolor acumulado en tres minutos. Intentas ser fuerte, o quizás no sea así. Tienes la excusa para dejar de serlo.
Tus ojos se encuentran llorosos desde la primera nota, pero sin darte cuenta las lagrimas empiezan a brotar por tus mejillas. No puedes, ni quieres, evitarlo. Si hubiera una cámara delante hubieras sido un precioso plano a cámara lenta, aunque ese objetivo nunca hubiera podido averiguar que es lo que pasaba en el interior de tu cabeza.
Entonces termina la canción, regresas a la realidad. Limpias tus lágrimas, pero no eres el único que lo está haciendo, aunque quieran hacer ver que no ha pasado nada. No se preguntará el porque has llorado. No preguntarás por ello. Seguirá el concierto. La vida. Esas lagrimas esconderán algo que no contaste: «Me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos»
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26 de noviembre de 2014 / «Gracias por hacerme sentir especial»
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| Escuchando: Doctor Who, Sintonía |
– Gracias por hacerme sentir especial
Sí, sentirse especial. Quizás sea complicado en un mundo en el que, aparentemente, estamos guiados por las relaciones fast food: conoce a alguien rápido, disfrútalo durante unos minutos, y después pasa a otra persona. En ocasiones queremos sentirnos especiales como si fuéramos unos seres únicos en el Planeta para algunas personas.
He aprendido pocas cosas en la vida, muy pocas, pero una de ellas es que ser especial no tiene porque ser algo a lo grande: Puede ser que tenga preferencia por estar contigo, antes que con otra persona. En otras ocasiones es un gesto, un acto, un consejo que sabes que te hace sentir que esa persona te aprecia. Personas que no importa que no veas en mucho tiempo, los reencuentros siempre son naturales. Que tengan meses antes guardado tu regalo de cumpleaños en un armario. Compartir un viaje. Compartir un proyecto que nace como una broma y hacerlo poco a poco más grande. Ayudar, o que te ayuden, en algún momento complicado… hay tantos detalles que te dicen «Oye, estoy aquí, me importas, no eres como el resto de la población».
Cada uno somos un mundo que nunca se acaba de descubrir, pero ese mundo siempre está bien que sea poblado por personas que te hacen sentir especial de alguna forma. Aprovechadlas, queredlas, y que sean unos buenos compañeros de viaje para la eternidad, incluso cuando tengáis que decirles adiós.
Sentirte especial, y hacer sentir especial, esos momentos que quedarán grabados a fuego, como si fuera una foto imaginaria que los dejé bien fijados.
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3 de diciembre de 2014 / Y llegarán tiempos más buenos…
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| Fotografía: En la fachada de un bar de Barcelona Escuchando: Runner. Tiempos más buenos, Pastora |
Era uno de mis primeros sábados viviendo en Barcelona. Nueva ciudad, pero gente que ya eran amigos de muchos años. Nada podía salir mal. Todo apuntaba a que esa noche iba a ser grandiosa. Cenando en una hamburguesería donde cada bocado que dábamos era una delicia, como el lugar decorado de una forma original, como si fuera un puerto. Era irónico porque estábamos cerca de uno real, pero siempre me han gustado esa especie de meta-temática.
La noche continuó tomando cervezas. Una tras otra, a buen ritmo. Risas, conversaciones, confesiones… Mañana no había que madrugar ¿Qué más da? Esa noche, por lo que parece, si que no daba igual. Pensamientos que vinieron cuando no tenían que llegar. Ese estado en el que sientes que sobras que «Y, ¿Si este es tampoco mi lugar?». Sucedió lo que ya había pasado en otras ocasiones: Ni un adiós. Salí camino a la puerta como si fuera a saludar a alguien por allí. Miré a los lados y empecé a correr, como si me fuera la vida en ello.
Un mensaje en el móvil «Vuelve, te queremos», y mi carrera que seguía por las Ramblas resonando aquel tema de Pastora en mis oídos…
«Ha llegaó ese momento fatal que yo no pueo tirar pa´tras,
Que ya no sé pa´donde tirar»
¿Y llegarán? ¿Realmente sería así? Unas lagrimas sin sentido racional salieron de mis ojos, pero lo emocional me invadió. Había llegado al puerto. Me senté a observar la lejanía. Entonces sonó una voz tras de mí, muy profunda. No me giré, pero me hablaba:
-¿Qué haces aquí?
-Despejarme de la gente, y de mí mismo
-¿De ti mismo? Y eso, ¿Cómo se consigue?
-No lo sé, en noches como ésta trato de averiguarlo
-Espero que tengas suerte, pero creo que enfocas el problema desde una perspectiva equivocada
-Quién sabe, pero es mi perspectiva
-No quiero ser agorero pero, ¿y si todo esto es cosa tuya? Lo has pensado bien.
-Puede ser.
-Miraló así: Tienes tantas cosas buenas, apasionantes, y te pierdes en otras sin sentido.
-¿Cómo sabes todo eso?
-Es mucho más sencillo de lo que crees. Está todo en tu interior
Me giré, pero no había nadie allí. Me levanté, miré a la ciudad y pensé, pero de verdad. Evitando todos esos pensamientos, y personas, tóxicas. Dejé que todo fluyera. Desde que con un buen amigo había usado esa palabra, aprendí que fluir y dejarme llevar, deslizar, era necesario… Todo estaba claro, aunque fuera una noche de esas oscuras.
Regresé corriendo, no a casa, al bar de donde había huido. Nunca lo había hecho tras mis escapadas pero nunca es tarde para empezar a hacerlo. Llegué al mismo lugar. Ahí seguían ellos. Entré mientras sonaban los primeros compases del Shine de Take That al entrar. El secreto es encontrar como puedes brillar por ti mismo.
Esa noche sentí un abrazo en la cama, el mío propio, el de esa voz profunda. Por fin.
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10 de diciembre de 2014 / El hombre del espacio interior
Mensaje enviado en una botella de cristal y lanzado en el océano de los sueños, a la espera de que sea recogido por su destinatario, en aquel mismo lugar donde nos conocimos.
No recuerdo como llegué a ti. Fue algún día dando vueltas por un chat, como tantos otros días, hace muchos años. Comenzamos a hablar, de lo típico. Nos caímos bien. Me hizo mucha gracia la primera foto que vi tuya: Descamisado en una cocina junto con un microondas. Seguimos charlando en el Messenger. Recuerdo que estuvimos meses hablando, de chicos, de música, de cine, hasta mandándonos cartas… recuerdo que te pregunté que pasaría si quisiera besarte cuando nos conociéramos.
Me encantaba enseñarte cosas que me encantaban con la esperanza que alguna te gustara tanto como a mí. Parece que conseguí que algunas de ellas lo hicieran. Meses después decidimos encontrarnos en tu ciudad. Ya tocaba conocerse, y así fue. Aquel pirata de los sueños, como te hacías llamar, había echo hasta una cuenta atrás, recuerdo que decías que «nuestras vidas estaban destinadas a conocerse, una noche que mirábamos las estrellas nos encontramos por allá, en esos mundos, y desde esa noche nos hicimos inseparables»
Ahora estábamos en la misma habitación, compartiendo más confidencias. Nos fuimos a la playa a tomar el sol por el día, y seguir confesándonos por la noche. Ese sería el primero de los encuentros. Viviste mi estupidez en la forma de ligar con aquel chico encantador. Que sepas que sigue siendo encantador, le vi hace poco a miles de kilómetros, y no ha cambiado nada.
Más música, canciones, anécdotas y hasta ese día que me quedé fuera del hotel donde estábamos porque habías ocupado la habitación con un maromo y no había manera que despertaras. Pero me gustaba verte dormir, tan relajado.
Nos encontramos en varios momentos, hasta perdernos la pista. Pero siempre he sido muy cabezón. Volví a encontrarte cuando las redes sociales comenzaban a despegar, y ahí seguías tú con tu sonrisa de niño pillo. De esos que engañan y te atrapan. La realidad es que nunca fuiste pillo y tenías un gran corazón.
Nos llegaron días llenos de música, pequeños encuentros de paso por la ciudad… y creciste. Ahora eres todo un hombre, sigues conservando esa belleza que tenías, pero te has puesto fuerte y has tatuado buena parte de tu cuerpo. Supongo que esos tatuajes se han vuelto tu forma de escribir. Como siempre te he dicho deberías volver a escribir, tenías sentimiento y sensibilidad. Pero no me haces caso, espero que volver a decírtelo consiga algún efecto, aunque no sé si llegarás a leer estas palabras.
Esto es una casualidad, bonita, que me trae buenos recuerdos. Formar parte de alguien, de su vida, de un tiempo de ella, y dejar una marca, de alguna u otra forma.
Pasada la casualidad llegó la causalidad me lleva a que tiempo después, unos años, encontré a alguien que, en un primer flash, me recordaba a ti. Erais muy parecidos, con inquietudes, con ganas de hacer muchas cosas. Me decidí a hablar con él. Recuerdo una de sus primeras frases impresas fue un «Por cierto, muy acertada la lista de canciones», y supe que sí, que sería interesante. También me gusta verle dormir. Han pasado varios años y se ha convertido en alguien fundamental en mi vida. Y sí, hablo de amor, porque eso es el amor, así es como lo siento yo.
Así que, si te llega este mensaje, espero que nuestros caminos se vuelvan a cruzar. En realidad no lo espero, sé que lo haremos, siempre lo hacemos.
Fdo. El corredor de las noches a menos de 1000 kms.
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17 de diciembre de 2014 / A Sky Full Of Stars
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| Escuchando: A Sky Full Of Stars (from Ghost Stories Live 2014), Coldplay |
A Pablo no le gustaba mucho el día de su cumpleaños. Siempre tenía esa extraña mezcla de sentimientos: por un lado era un «Qué bien todo lo que han pasado estos 365 días» pero, por otro, le venía esa extraña sensación de «Podría haber sido aún mejor, y que no hubieran pasado algunas cosas, ¿Hacía dónde va mi vida? ¿Por qué siempre me pasa lo mismo?».
Decidió que siendo lunes, y que no trabajaba, podría ser un buen día, como cantaban Los Planetas. Comenzó a recibir tantas felicitaciones que no supo si contratar a un secretario para que le ayudara a responder a todos los mensajes. Se metió en la ducha, encendió la radió y sonó esa canción que tanto le gustaba «‘Cause you’re a sky, ‘cause you’re a sky full of stars». Pensaba que era de esas canciones que no podías evitar moverte a su ritmo. Lo hizo. Creía que cualquiera que le viera en duchándose, dándolo todo como una noche de fiesta, pensaría que había perdido la cabeza.
Tras un domingo lluvioso, el lunes dejaba el sol en todo su esplendor y un tiempo de esos que no estamos acostumbrados a ver en invierno. Quedó a comer con un buen amigo, como era tradición, poniendo a parir el trabajo, los jefes, algunas personas y mostrando su adoración hacía otras. Cuando estaban terminando, en el hilo musical volvió a sonar: «Such a heavenly view, You’re such a heavenly view». Le dijo extrañado a su amigo que era la segunda vez que ya la escuchaba de forma casual en ese mismo día tras la ducha de esa mañana.
Pablo dejó a su amigo. Se fue corriendo porque se le había pasado la hora de volver al trabajo. Entonces se juntó con otro buen amigo, se conocían de hacía poco pero habían tenido una conexión muy buena. Al rato de sentarse a tomar algo de nuevo estaba esa canción en el hilo musical: «I’m gonna give you my heart ‘Cause you’re a sky». Le pareció una coincidencia ya bastante divertida, curiosa, como una señal. No podía dejar de mover la cabeza de forma elegante. Sonrió y su amigo también.
Una vuelta atardeciendo por la ciudad. Parada en un rincón a tomar tarta de zanahoria, y Pablo tenía que irse a cenar a casa de Jorge, su vecino. Para no gustarle el día de su cumpleaños, parece que estaba saltándose todas las reglas autoimpuestas. Allí le recibió él, cual niño pequeño feliz, y su compañero de piso que llegó al rato. Sería un buen final del día, comerían pizza y beberían cerveza hasta irse a dormir con toda la tranquilidad del mundo.
Fueron al comedor y, de repente… ¡Sorpresa! Pablo dio un requiebro para atrás, juntó los brazos, y casi se sintió, por unos segundos, en una especie de peli de terror porque siempre fue muy fan de Jennifer Love Hewitt. Allí estaban parte de sus amigos, incluidos los que había visto durante ese día. Sus ojos se fijaron en cada uno de ellos «Pero, ¡Qué cabrones sois!» alcanzó a decir varias veces. Todos ellos habían utilizado una estrategia digna de unos investigadores secretos, era su primera fiesta sorpresa, todo un atrevimiento porque sus propios amigos pensaron que podría salir corriendo al ver aquello. Al contrario, sonrió, y siguió diciendo eso de «Pero, ¡Qué cabrones sois!» mientras en un vídeo otro amigo saludaba desde la lejanía, por no poder estar allí.
Pablo pidió que pusieran una canción, ‘A Sky Full Of Stars’, porque ahora había tomado el sentido que no encontraba durante el día. Eso era, todo era eso, una señal que no había sabido interpretar. Entonces decidió estar más atento a ellas.
Mientras las estrellas estaban en el cielo… y en aquel comedor decorado con gilnardas, y un unicornio rosa presidiendo la mesa.
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24 de diciembre de 2014 / El chico más guapo de la galaxia
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| Escuchando: El chico más guapo de la galaxia, Capitán Sunrise |
Lo descubrí de casualidad, quizás de la forma más tonta. Estaban reformando ese bar que había visto durante toda mi vida en el barrio. Sí, ese que debe llevar la misma familia y que pasa de generación en generación. Allí estaba ese chico, ni delgado, ni fornido, pero con encanto. Trabajaba día sí, día también en la reconstrucción.
Poco tiempo después el bar volvía a abrir sus puertas. Siempre que pasaba de regreso a casa lo veía abierto pero, tardé tiempo en reparar, que él estaba tras la barra siendo uno de los camareros del sitio. Ese fue el momento en el que decidí ir con un amigo a verle más de cerca.
Nos convertimos como en esos jubilados que se van a mirar las obras, nosotros íbamos a ver al camarero. El primer día parecíamos esos clientes casuales que pasaban por el barrio, quizás para ir a un concierto, y que se tomaban antes unas cervezas. De cerca sus brazos impresionaban mucho más.
El segundo día dejamos claro que vivíamos en el barrio, con pequeños guiños de «Mi casa, que está aquí al lado, junto a la frutería de La Juani. Sí, esa mujer tan maja…». El camarero se metió en la conversación, incitado por nosotros.
El tercer día ya éramos como uno más de los habituales. Un choque de manos, una sonrisa, preciosa sonrisa que tenía junto con esa barba perfilada pero como sin estar hecho aposta. Parecía el chico más guapo de la galaxia. Le hablábamos de música, cine, hasta le hacíamos listas recomendándole propuestas.
El cuarto día fui solo, mi amigo había quedado para follar, y fue tan simpático como siempre. Me dijo que como era que venía solo, y reí mintiéndole en plan «Es que mi novio se ha ido a follar con otro». Por si no podía dejarle más claro que a mí lo que me gustaban eran los hombres. Sé que al menos se pasó un buen rato riendo, y la risa es parte de la conquista a una persona.
El quinto día, de nuevo con mi amigo, nos tocó animarle un poco ya que no estaba muy animado. No nos dijo el porque, pero conseguimos sacarle una sonrisa. Nos dio un abrazo cuando abandonamos el lugar. Una espalda de esas perfectas para agarrar y no soltar.
El sexto día que nos acercamos comprendimos cual fue el motivo de su poco ánimo. Descubrimos la que ya sospechábamos, tenía una novia y había discutido con ella. Ese día bebí con muchas más ganas y más cañas de lo debido.
Entre el sexto y el séptimo día pasaron bastante más días de lo normal. Tantos que llegamos al día de Nochebuena. Supondríamos que ese día el bar cerraría antes, así que nos plantamos a media tarde.
El séptimo día aparecimos con espumillón, confeti y todo elemento hortera típico de estas fechas. Cuando llevábamos unas cañas y estábamos a punto de marchar, le di una carta. Todo un giro de efecto que ninguno de los dos esperaban… Pensé en un momento de carteles a lo ‘Love Actually’ pero creí que eso podría haber hecho directamente que saliera por la puerta.
Esa carta no decía más que «Es un placer verte cada día con tu sonrisa tras la barra, siempre consigues que salga de allí con otra sonrisa» y le acompañaba un muñeco de un oso de peluche abrazado por una niña. Muy moñas de todo, plenamente navideño.
Tardamos unos días en volver. El octavo día aparecimos por la puerta como si nada, y nos sonrió, como hacía siempre. Hablamos de todo, charlamos, comentamos y al irme me entregó otro sobre. Eso si que fue aún más sorprendente.
Al abrirlo, cuando salimos de allí, leímos «Que un chico interesante te suelte piropos no es algo habitual. Espero que vengas por aquí muchas tardes, conocerte me hace mejor persona».
Conclusión: Decir las cosas a las personas que queréis, o queréis conocer, puede que el resultado no sea el que esperáis, pero puede que te des cuenta que, al final, lo importante es lo que dejamos en otras personas aunque no seamos capaces de darnos cuenta
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31 de diciembre de 2014 / Yo estoy listo para partir, pero no me iré sin ti
Había llegado la hora. Todos los años se repetía el mismo ritual. El 31 de diciembre las ciudades se convertían en un auténtico caos. Desde hacía ya una década ese día había perdido su significado original del fin de año, se había convertido en una carrera a contrareloj.
La población estaba tan masificada esas últimas 24 horas se convertían en la escapada de la ciudad, como una especie de reinvención de la ciudad. Por ello la población se organizaba para conseguir sana y salva, quien se quedara dentro del perímetro moriría. No era sencillo, el gobierno no dejaba salir a nadie un mes antes, hasta las 7 de la mañana de ese día 31 convirtiéndose en una gymkana por la supervivencia.
Mientras amanecía me preparaba para salir, pero antes una última conexión. Como la ciudad, todos los sistemas desaparecían y se formateaban esa noche. La única forma de volver a conectar con otros habitantes era por medio de un código de coordenadas únicas para cada persona que podían seguirse por medio de un chip interno. Recogí los mensajes, guardé como oro en paño mi agenda de coordenadas, y un último mail de aquel hombre misterioso e interesante que me decía ‘Por si desaparezco de nuevo te dejo mis coordenadas, me gustaría seguir sabiendo de ti’. Las coordenadas no eran algo que se dieran a la ligera, estuve profundamente agradecido por esa sensación de extraña complicidad conseguida en poco tiempo.
A las 8 de la mañana ya estábamos preparados y organizados. Salí a la carrera con mis compañeros de viaje y de vida. Lo que contado puede parecer que era algo dramático se convertía en toda una celebración, aún sabiendo el posible resultado de no poder salir de la ciudad. Los años de experiencia nos ayudaban a encontrar los caminos, y atajos, que hacían que lográramos huir sin problemas de la ciudad.
Siempre existían algunos impedimentos pero acostumbrados a ir todos juntos nunca habíamos perdido a nadie. De vez en cuando recogíamos a algunas personas en el camino, que habían sido abandonadas por sus grupos, o que simplemente no tenían con quien ir. Quizás se convirtió en un ejemplo más de solidaridad, más que un ‘Sálvese quien pueda’.
Llegamos fuera del perímetro. Subimos a lo más alto de la montaña. Nos abrazamos, como el año que fue…, y entonces pasó, lo que pasa siempre: suenan las campanadas y cuando suena el último gong, la gran explosión.
Un mensaje en el correo acaba de llegar ‘Sigo vivo’. Una sonrisa infantil se esboza en mi cara. Feliz año nuevo, nos esperan nuevos retos apasionantes a todos.
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2014 / 2015 / 2016 / 2017























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